Hacia 1993, en la Universidad de Costa Rica, durante un curso de Humanidades, tenía una compañera que me atraía. Como en una novela decimonónica, digamos que tenía por nombre G. Ella era bailarina, y aparentemente también escribía. En una ocasión en que a G. le tocaba exponer, leyó dos poemas: uno de Mario Bendetti y otro de César Vallejo. A mí me gustaba el buen Vallejo, y no Benedetti. Sin embargo, pretendiendo adivinar que en el caso de G. las cosas serían distintas, y habiendo empezado a comprender que en asuntos sexuales la sinceridad da pocas recompensas, al final de la clase me le acerqué, tratando de flirtear y caer en gracia, y le dije: “Me gustó el poema de Benedetti. El de Vallejo no mucho”. Y G., con delicadeza y aplomo, me dijo: “¿En serio? A mí no. Yo prefiero a Vallejo.” De más está decir que ahí se acabó la conversación y toda opción sexual o amorosa. Semanas después me pude reivindicar, cuando en medio de mi ponencia, tuve una fuerte discusión con el profesor de Hi...
Blog "gluten-free" de Gustavo Solórzano-Alfaro