Empieza el año 2010 y mis primeras lecturas son
El país de las últimas cosas, de
Paul Auster; la hasta ahora bellísma obra
Las ciudades invisibles, de Italo Calvino y
La historia comienza, de Amos Oz. Y así, todo incio puede ser promisorio, augurio de catástrofes o sencillamente un día más en la vida.
Dentro de mis manías bibliófilas está hacer el recuento de los mejores primeros párrafos y también de los últimos. Al vuelo, puedo recordar ahora que me parecen geniales, excepcionales, el primer párrafo (estrofa en este caso) de La ilíada, el de Don Quijote, el de El túnel y el de Cien años de soledad. Del mismo modo, considero que los mejores párrafos finales serían nuevamente el que nos ofrece Cervantes en Don Quijote, también repiten Sábato y García Márquez, con los párrafos finales de Sobre héroes y tumbas y otras vez Cien años de soledad, respectivamente. Además, una obra costarricense, Mi madrina, de Carlos Luis Fallas. Y aquí debo agregar, como un perfecto círculo, el final de una novela que resulta ser un cuarteto, el de Los miserables.
Duerme. La suerte persiguiole ruda.
Murió al perder la prenda de su alma.
Larga la expiación, la pena aguda
fue ; y así obtuvo la celeste palma.
Victor Hugo
Claro, la interpretación de estos principios y finales es un trabajo que no voy a emprender ahora, porque en realidad este preámbulo (muestra de la impericia para empezar de una vez por todas e ir al grano de parte de este servidor) es para presentar la obra del escritor hierosolimitano Amos Oz: La historia comienza. Ensayos sobre literatura.
Amos Oz, La historia comienza, Barcelona: Ediciones Siruela, 2008, 144 pp.
(La imagen no corresponde a la edición citada)
Con gran habilidad, y una pluma privilegiada, Amos Oz nos presenta su interpretación del inicio de diez textos narrativos, entre ellos La nariz, de Gogol; Un médico rural, de Kafka o El otoño del patriarca, de Garcia Márquez. También, varias de las obras analizadas son de autores judíos, poco conocidos por estos lares (o al menos poco conocidos para mí). Quizá la excepción sea el premio Nobel de 1966, Shmuel Yosef Agnon, y su obra En la flor de la vida. Sin embargo, el hecho de que esta, u otro de los textos mencionados no se conozca, no obsta para disfrutar de la calidad de esos párrafos inciales, que Oz transcribe, y mucho menos para disfrutar de sus interpretaciones.
¿Qué es un inicio? ¿Qué tenemos al empezar? El escritor una página en blanco, un espacio vacío que podrá llenar de la forma que mejor considere. El lector, por su parte, se encuentra con un contrato, según propone Oz. "Volvemos a nuestra cuestión. ¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluyendo los que son insinceros". (p. 15)
Este contrato tendrá diversas premisas, que podrán ser rotas o satisfechas a lo largo de la narración. El asunto es que dicho contrato posee implicaturas discursivas, o dicho de otro modo, ganchos para que los lectores aceptemos aquello desconocido que se nos ofrece.
Las narraciones usualmente son puntos suspendidos entre acontecimientos previos que jamás conocemos, o acontecimientos futuros que conforman el verdadero relato, ese que no se cuenta, y que le tocará al personaje protagonizar en solitario, como es el caso del que nos anuncia el final de Mi madrina.
Narrar es apostar por un juego que puede tener las cartas marcadas. Eso quizá lo hace emocionante. Amos Oz realiza un recorrido exquisito por diez obras. Con facilidad y de manera entretenida nos subyuga con sus lecturas, y nos invita a visitar dichas obras. A la vez, le dice a los narradores, como habría hecho a lo mejor Borges, cuán importante resulta leer, y sobre todo qué importante resulta reflexionar sobre aquello que se lee, más aún si en la mente del joven escritor existe la añoranza de empezar algún día a escribir su propia historia.