Eugène Delacroix (Francia, 1798-1863), La matanza de Quíos (1824),
óleo
sobre lienzo, 419 x 354 cm, Museo del Louvre
¿Podríamos afirmar que nociones como “ideología de género” o “wokismo” soportan el rigor analítico? La respuesta es no. Un concepto debe tener límites claros, y términos como “ideología de género”, “wokismo” o “cultura de la cancelación” no los tienen porque pretenden abarcarlo todo, se expanden para englobar cualquier cosa que incomode al statu quo, al sistema. Por esto, etiquetar marcos teóricos serios como “ideología” lo que pretende es quitarles validez.
“Ideología de género” es una contradicción en sí mismo. Los estudios de género son un campo interdisciplinario con metodologías diversas. Llamarlos “ideología” sugiere un dogma, cuando en realidad es un área de debate.
“Wokismo” es una forma de caricaturizar. Con este término se busca aglutinar desde el respeto por los pronombres de una persona hasta las políticas de mercadeo de las empresas, con lo que termina por vaciar de contenido las luchas históricas por los derechos civiles.
“Cultura de la cancelación” trata de darle un sentido digamos psicológico a un fenómeno social. Lo que se ha dado en llamar “cancelación” es tan solo la queja porque ya no se puede insultar como antes, cuando era más usual que determinados grupos de poder decidieran qué era aceptable; hoy, la respuesta no está centralizada o no es tan evidente, cuando menos.
Todo lo anterior, lo sabemos bien, intenta generar pánico moral, como he venido sosteniendo en otros posts. Así, cuando se dice “ideología de género”, lo que se quiere es borrar la teoría crítica y desviar la discusión de los derechos hacia una supuesta amenaza a la naturaleza. En el caso del “wokismo”, la idea es burlarse de la conciencia de la justicia social, por ello, se sustituye el análisis de la desigualdad estructural por una supuesta “dictadura de los sentimientos” o algo por el estilo. Y en el caso de “cultura de la cancelación”, lo que incomoda es que se llame a cuentas, y por ello se enmarca la pérdida de privilegios o de prestigio como una supuesta violación a la libertad de expresión.
Ahora bien, es importante que quienes buscamos ofrecer una propuesta progresista evitemos reducir estas ideas a mera propaganda fascista o de derechas. (Excepto cuando son claramente fascistas, sobra decir.) Estos términos han tenido eco en la gente porque existen excesos reales en el activismo que debemos abordar. Es importante aprender a comunicar las ideas progresistas o de izquierda o simplemente de democracia y justicia. Esto es complicado, no cabe duda, cuando se habla de identidades y se cae en posturas esencialistas, por ejemplo, o cuando la propia izquierda escamotea el debate. Es necesaria la autocrítica, para no dar municiones a la acera de enfrente.
Podemos ver varios ejemplos donde es necesario mejorar. Cuando se trata de comunicar, hay que abandonar la jerga (hasta donde se pueda), porque la academia usa un lenguaje que se percibe como una barrera de clase y la derecha aprovecha esto para presentar el “sentido común” (aunque sea falso) como la respuesta a lo que siente como “arrogancia intelectual”. También es necesario distinguir entre las luchas sociales genuinas y el “capitalismo progresista” (como el pinkwashing en pro de causas lgbtqi+ o del cáncer de mama). A veces el discurso nos seduce, porque hay igualmente una satisfacción emocional en ver una gran corporación que “apoya” una causa justa; y no deja de tener un grado de validez, pero también hay que tener precaución.
Toda esta apropiación de la derecha de términos responde a una resemantización, pese a que una de sus muletillas es insistir en que el “lenguaje no importa”. El término “woke”, lo sabemos, originalmente significaba simplemente “despertarse” ante la injusticia racial. Hoy ha sido secuestrado y reempaquetado como un insulto para evitar debatir el fondo de las reivindicaciones: el racismo, el machismo o la desigualdad. Términos como “ideología de género” confunden la realidad: el privilegiado se presenta como la víctima y la búsqueda de justicia se describe como un ataque.
La transformación de la “libertad de expresión” en un escudo para la desinformación es quizás la movida más notoria de las llamadas “guerras culturales” (esto amerita todo otro texto). Este derecho fundamental ha sufrido una transformación. Ahora no protege a la ciudadanía de un castigo por sus ideas, sino que se manipula para exigir inmunidad frente a la crítica social. Cuando los grupos reaccionarios o conservadores denuncian censura, en el fondo, o no tan en el fondo, es solo nostalgia por la pérdida de su hegemonía. Intentan instalar la falacia de que “tener derecho a decir algo” equivale a “tener derecho a que nadie me cuestione o me contradiga”. Pero es claro que no hay ninguna prohibición legal real.
El lenguaje siempre es un campo de batalla. Los términos “ideología de género”, “wokismo” y “cultura de la cancelación” operan como disparadores del pánico moral que mencioné antes, y lo que buscan es presentar el avance de los derechos civiles y la democratización del debate público como males o enfermedades “que arruinan a la sociedad o a la familia”. Repito: son estrategias retóricas diseñadas para invertir los discursos ligados al poder y carecen de rigor académico, totalmente. En este escenario, los grupos históricamente privilegiados se presentan como la verdadera minoría perseguida por una suerte de “inquisición moderna”, que no es tal, evidentemente. Ya conocemos la frase: “Cuando estás acostumbrado a los privilegios, la igualdad se siente como opresión”.
Estos grupos invierten el discurso. Dicen combatir la censura (como la idea de “prensa canalla”) y aseguran que la “libertad está amenazada”, por lo que se esfuerzan en promover agendas para promulgar leyes que prohíben la mención de conceptos como “privilegio blanco” (en el caso de Estados Unidos, por ejemplo), “patriarcado” o “diversidad sexual”. Son los de “a mis hijos los educo yo”. Bajo el pretexto de proteger la libertad de los padres y las madres o de evitar el “adoctrinamiento” se eliminan programas educativos que se basan en evidencia científica y protegen derechos humanos. Es irónico cómo utilizan el aparato estatal para silenciar el pensamiento crítico en nombre de una supuesta libertad de expresión que solo reconoce como válidos los valores conservadores.
Hoy los sectores reaccionarios se
presentan como la parte “tolerante”, que está siendo víctima de una
“intolerancia de los progres”. Con este discuro, logran que cualquier intento
de establecer límites éticos a los discursos de odio sea visto como autoritarismo.
El resultado es una parálisis del debate público donde la verdad carece de
rigor o base empírica y lo que entran en juego es la capacidad para generar
indignación y cohesión en el grupo propio.
El reto hoy yace en nuestra capacidad de debate y, sobre todo, en no permitir que estas estrategias copen todo el espectro público y dicten leyes que solo representan un retroceso luego de décadas de avances en materia de derechos humanos y equidad. Como he sostenido muchas veces: hoy toca reimaginar.

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